José María nació en San Luis Potosí pero ha vivido en muchos otros lados que han significado sin duda alguna una contribución a la diversidad de su literatura. “No me molestan las mudanzas. Me gusta viajar y la música de todo tipo, disfruto más escuchar álbumes completos que el shuffle. Uno de mis libros favoritos es “El Diamante de la Inquietud” de Amado Nervo que me compré alguna vez sin saber en un mercado de Guadalajara.” José María es una auténtica promesa para la literatura mexicana.

Su segundo desierto

Por: José María Sosa

El cielo son lunares de colores que palpitan proyectando escorpiones que habitan el

desolado paisaje. No ha caído gota en lustros, y el viento congestionado de arena

erosiona las frágiles paredes de los montes pelones y riscos. Todo nace y muere por

generación espontánea, mientras que al atardecer la tierra se convierte en pinceladas de

colores café y marrón. Debajo de las piedras y en la humedad de las cavernas que se

forman en el suelo, viven los amores. Pequeñas criaturas escurridizas de tonalidades

claras y brillantes que poseen dos patas y tres brazos. Con la extremidad impar son

capaces de prender fuego, indispensable para brindarles culto a los dioses de Wirikuta.

Nunca se les ha visto en verdad, pero los nativos capturan sus leyendas en todas sus

artesanías.

Los amores sólo comen luciérnagas. Entrada la tarde, no son muy difíciles de capturar,

pues en cúmulos como estrellas alumbran los valles. En los primeros días de abril,

afirma la leyenda, comienzan los preparativos para la fiesta mayor de los amores. En esa

época del año, el carbón se vuelve plata y los amores salen a recolectar varitas de

madera y arbustos secos que apilan en lo que será el fuego sagrado. Los días están

impregnados de aromas; olores de pan y mezcal provenientes del tiempo y la nata.

Por las noches, serpientes de cascabel celosas exhalan sonidos de impaciencia por la

llegada anual de los dioses. Jamás nadie ha estado presente en el ritual, pero los sabios

ancianos que han podido descifrar las escrituras ancestrales conocen los caminos para

llegar a los sitios sagrados. Mas nunca han concebido disturbar a los amores. La mañana

del día mayor, la plata cubre las montañas, la luz del sol se refleja apuntando hacia los

cielos. Llamando hacia los dioses. Los amores beben la sacra bebida durante la mañana

y la tarde. Suenan los tambores. Las parejas se toman de su brazo impar y saltan

esperando a que anochezca.

Cuando todo se vuelve oscuridad y la enorme fogata arde, de golpe un silencio impera

los valles y cerros. Ni el más leve sonido de un grillo se alcanza a percibir. Todas las

criaturas se encuentran atentas. Desde los misterios del universo descienden dos bolas

de fuego que giran cada una sobre la otra. Antes de tocar la cima de un monte, se

quedan estáticas y su color se torna naranja brillante. Por un instante se convierten en

los ojos de una bella dama, Diosa del desierto que provoca a los amores unas ganas de

cantar y bailar orbitando la fogata que aviva su fuego soltando llamaradas de alegría.

El segundo desierto que decidió visitar, resultó ser un lugar de tradiciones milenarias

pisoteado por la ambición de quien persigue la plata de sus amores.